Cuenta la historia de tres camellos de poca monta en el cinturón de una gran ciudad española. Se ven envueltos en un enfrentamiento violento contra la banda rival, en el que conceptos como la amistad, el honor, el territorio y el respeto son fundamentales. Macarra retrata un mundo de polígonos grises, bloques descascarillados y bares que nunca cierran. Sobrevivir vale más que soñar y la lealtad es la única moneda que no se puede falsificar.
El Chino, el Javi y el Rulas llevan años moviendo pequeñas cantidades, sin ambición de imperio, solo lo justo para pagar deudas y mantener cierto estatus en la calle. Su equilibrio precario se rompe cuando una nueva banda empieza a ocupar portales y esquinas que siempre fueron suyas. Por eso lo que parece un roce menor escala rápido en amenazas, palizas y cuentas pendientes que nadie quiere dejar sin cobrar.
Mientras la presión policial aprieta y los mayores del barrio intentan mediar, los tres amigos descubren que no todos entienden la lealtad de la misma manera. Viejos favores salen a la luz, traiciones enterradas regresan y cada decisión tiene consecuencias irreversibles. Por eso la violencia deja de ser pose para convertirse en destino.
Entre persecuciones, ajustes de cuentas y noches de paranoia, Macarra muestra la trastienda del narcomenudeo: familias que miran hacia otro lado, chavales que imitan lo que ven y adultos que nunca crecieron del todo. Pero también revela códigos no escritos, afectos torcidos y una fraternidad nacida del abandono.
La película no glorifica la calle: la desnuda. Presenta a sus protagonistas como productos de un entorno que los empuja a elegir entre ser temidos o ser nadie. Y cuando la línea se cruza, ya no hay vuelta atrás: solo queda defender el nombre y el barrio, aunque el precio sea perderlo todo.